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Los secretos familiares: aquello que no se cuenta también se hereda

En casi todas las familias existen historias que se cuentan una y otra vez. Y existen otras que nadie cuenta. Pérdidas de las que apenas se habló, relaciones que se ocultaron , personas que desaparecieron de las conversaciones, decisiones que alguien prefirió guardar en silencio. Pero ¿desaparece realmente una historia porque nadie hable de ella? A veces creemos que nuestra historia comienza con nosotros, cuando en realidad nacemos dentro de un entramado familiar que ya existía: vínculos, duelos, miedos, formas de amar y también silencios. Quizá por eso los secretos familiares nos fascinan tanto. Porque detrás de ellos no buscamos únicamente saber qué ocurrió. Buscamos comprender. ¿Quién decidió callar?  ¿Por qué?  ¿A quién intentaba proteger? Siempre me han atraído los misterios que esconden algo más que una respuesta. Aquellos en los que descubrir la verdad significa también descubrir algo sobre las personas: sus miedos, sus lealtades, sus pérdidas y sus contradicciones....

El duelo de quien nunca llegó a vivir

Hay pérdidas que el mundo reconoce. 

Cuando alguien muere, existen rituales, palabras de consuelo y un espacio para el duelo.

Pero existen otras pérdidas que no tienen nombre.

Una de ellas es la del hermano evanescente.

Hoy sabemos que muchos embarazos comienzan siendo múltiples y que, en un alto porcentaje de casos, uno de los embriones deja de desarrollarse en las primeras semanas. 

El embarazo continúa y nace un solo bebé. 

Aparentemente no ha ocurrido nada. 

Muchas personas describen una sensación de vacío profundo y permanente, una nostalgia sin objeto, la impresión de que falta alguien o algo... siempre. 

A veces, comprender el origen de un dolor cambia por completo la manera de mirarnos.

En terapia he visto muchas veces cómo aquello que no tiene palabras termina buscando otras formas de expresarse. 

A través de las relaciones, de la ansiedad, de la tristeza o de esa sensación de no terminar de encajar en ningún lugar.

Quizá algunas heridas no necesiten ser demostradas para ser escuchadas.

Solo necesitan que alguien les permita existir.

Esta reflexión ocupa un lugar muy especial en mi novela «El sonido de lo invisible». 

Aunque es una historia de ficción, explora precisamente esos vínculos invisibles que pueden acompañarnos toda la vida y la forma en que el amor, la memoria y la conciencia pueden ayudarnos a comprender aquello que parecía no tener explicación.

Porque, a veces, lo más importante de nuestra historia es precisamente aquello que nunca pudimos ver.






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